¿Tradwives o explotación patriarcal?

¿Tradwives o explotación patriarcal?

Sofía se sentaba cada mañana frente a su ventana, con la cocina impecable detrás de ella, la mesa puesta con manteles de encaje y los niños jugando tranquilamente en la sala. En su cuenta de Instagram, todo parecía perfecto: ella vestida con ropa cómoda pero elegante, perfectamente maquillada y con uñas largas de colores, preparando recetas tradicionales, ordenando armarios o explicando cómo organizar las tareas del hogar. En cada publicación, repetía con dulzura: “Yo vivo del sueldo de mi marido. Mi único trabajo es cuidar de mi familia y de mi casa”. Sus seguidoras, muchas jóvenes que soñaban con esa supuesta paz, la admiraban y la veían como el ejemplo perfecto de la “esposa tradicional”.

 Lo que nadie veía, salvo quienes conocían su realidad, era lo que ocurría después de grabar los vídeos. Cuando apagaba la cámara, Sofía abría su portátil y entraba en un mundo muy distinto: gestionaba contratos con marcas de electrodomésticos, respondía correos de editoriales, revisaba las ganancias de sus publicaciones patrocinadas y planificaba la estrategia de contenido para las próximas semanas .

Al principio, Sofía pensó que solo compartiría sus rutinas como un pasatiempo. Pero pronto descubrió que ese contenido tenía mucho valor y se impresionada al ver cómo su cuenta bancaria crecía cada mes.

Fue así como se convirtió en empresaria, pero vendiendo la idea que es una mujer dedicada al hogar.

El fenómeno de las tradwives o “esposas tradicionales” surgió hace poco más de una década en Estados Unidos y Reino Unido, países del ángulo anglosajón, y en muy poco tiempo se ha extendido por Europa, América Latina y otras regiones, convirtiéndose en uno de los debates más intensos sobre los roles de género actuales. Su propuesta, que defiende el retorno a un modelo de familia y vida donde la mujer se dedica exclusivamente al hogar, la crianza y el cuidado del marido y los hijos, bajo la autoridad y provisión masculina, entra en contradicción directa con todo lo que el feminismo ha defendido y conquistado durante más de un siglo: igualdad, autonomía, derechos laborales, independencia económica y libertad de elección.

 El movimiento de “esposas tradicionales" comenzó alrededor de 2012-2014, pero creció exponencialmente en 2020. Fue impulsado inicialmente por mujeres blancas, conservadoras y de entornos cristianos de Estados Unidos, muy vinculadas a corrientes ideológicas de derecha y ultraderecha, y al auge de comunidades digitales que reaccionaban contra los avances en igualdad de género. Su plataforma de difusión fueron las redes sociales —Instagram, TikTok, YouTube—, donde compartían imágenes idealizadas: cocina impecable, vida tranquila y una supuesta felicidad plena lejos del mundo laboral y profesional.

Pero como suele suceder en el espejismo de las redes sociales, esto está alejado de la realidad.

Esas chicas impecables, con una casa limpia y ordenada, con apariencia sumisa, son a veces el verdadero sostén de su familia y trabajan el doble o el triple que cuando su vida laboral era fuera del hogar. 

“Ellas realmente no son amas de casa, o no solo, porque vemos que monetizan mucho: todos sus vídeos, sus apariciones en redes, escriben libros de cocina, tienen marcas propias. O sea, en realidad son más empresarias que amas de casa”, dijo Rosa Márquez de la Orden, doctora en estudios de género, en el artículo “Las ‘tradwives’: la reacción antifeminista en redes sociales” al agregar que este movimiento, al parecer antifeminista, está lleno de contradicciones pues “sin los avances feministas sería muy difícil que ellas pudieran tener esa independencia para ganar dinero y hacer de su labor del hogar un negocio también”. Gracias a décadas de lucha, las mujeres hoy pueden emprender, trabajar desde casa, facturar y tener autonomía económica, precisamente todo lo que ella parecía rechazar en sus mensajes.

Sin embargo, estas nuevas empresarias o influencers que venden la idea de que trabajar en lo doméstico, atender al esposo y los hijos es casi el paraíso en la tierra, se pasan horas cada día planificando, grabando, editando y negociando acuerdos. Es un trabajo a tiempo completo, igual o más exigente que cualquier empleo fuera de casa.

 Y encima tener toda la vivienda en perfecto orden y brillando de limpia, lo cual no es cosa menor.

He revisado por semanas ese tipo de contenido y, debo confesarlo, me impresionó. La mayoría de las protagonistas tienen coincidencias físicas, son rubias o al menos de tez blanca, su cabello es largo y sumamente cuidado, incluso se levantan de la cama como si acabaran de salir del salón de belleza, usan batas o pijamas impecables, generalmente rosadas, color símbolo de feminidad y de paz. 

Los escenarios son casas amplias, sin rastro de polvo o desorden, y su cocina está equipada con electrodomésticos y utensilios caros.

Vivir así y como ellas, deslumbra a las chicas que se enfrentan a una vida precaria y construida con esfuerzo. 

Y es que este modelo solo es posible para mujeres de entornos acomodados, que pueden permitirse vivir del salario de su pareja, y sí, esa es la idea que manejan, como un cuento de hadas. 

 Su éxito se explica por varios factores: la precariedad laboral, el estrés fuera de casa, la nostalgia por un pasado idealizado y la capacidad de internet para difundir discursos sencillos y atractivos que prometen “seguridad y paz” a cambio de renunciar a derechos conquistados por los grupos feministas.

Las defensoras de este movimiento insisten en que es solo una elección personal, que no imponen nada a nadie. Sin embargo, el feminismo responde que no es un estilo de vida neutro, sino una ideología que se posiciona contra todo lo que ha permitido esa misma elección: las tradwives pueden decidir quedarse en casa porque hubo feministas que lucharon para que eso fuera una opción y no una obligación. Si esas conquistas desaparecieran, volveríamos al momento en que todas las mujeres estaban obligadas al hogar, sin derecho a decidir.

¿Hay algo más detrás de las tradwives?

Por supuesto: un deseo ansioso de regresar a la opresión patriarcal, grupos ultraconservadores y machistas que han visto en la tecnología y las redes sociales un negocio redondo, explotando la figura femenina que les deja ganancias multimillonarias. 

Ahora ellas facturan, dijera Shakira, y lo hacen con pijamas lujosas.

Habrá que hacer un estudio más a fondo de cuántas de ellas, encima, son explotadas por aquellos varones que dicen defenderías y mantenerlas.

El tema da para eso y más.